viernes, 7 de enero de 2011

Una tarde haciendo fotografías.


- Barcelona es una ciudad preciosa, perfecta para hacer un reportaje fotográfico.
- No será para tanto – me decías tú.

Hasta que, juntos, lo comprobamos. Perdernos por sus callejones fue lo mejor que pudimos planear aquella tarde de setiembre. Miles y miles de fotos tiradas al aire, a la esencia, nuestra esencia. Esa esencia adolescente, despreocupada y, a la vez, tímida, quedó impregnada del aire bohemio de los barrios intelectuales de la ciudad condal. Esos barrios donde soñábamos comprarnos un pequeño piso, quizá un local, para dejar fluir nuestro precario arte y gritar al mundo que teníamos algo que mostrarle.

Recuerdo exactamente todos los trazados de nuestra ruta aquella tarde azul. Te pusiste unos pantalones verdes, tus bambas gastadas y un sombrero, que, según tu abuela, te hacía parecer un gánster. “Si es así, adoro a los gánsteres”, pensé al escucharla. Yo, con esas curiosas botas que me regalaste, que no abrigaban nada, perfectas para verano, y con la boina que fue motivo de nuestro primer encuentro. Parecíamos personas nuevas, pero en realidad éramos más clásicos que nunca.

Disparábamos sin cesar; no nos cansábamos de captar todas las perspectivas de todos los edificios de todas las calles de Barcelona. Y los parques, y las fuentes… Todo en esa ciudad parecía hecho a medida para nosotros. Nunca voy a poder olvidar, aunque quisiera, las mil y una sonrisas que me dedicaste la tarde de las fotos mágicas, como solías llamarla tiempo después. Y, la verdad es que, de una forma u otra, esas fotografías fueron las mejores que hicimos en años.
Nos recorrimos todas las calles que pudimos: todo el Born, el Gòtic, la calle Argenter, esas calles que parecían napolitanas, llenas de ropa tendida en sus balcones…

Juntos en la calle Petritxol, hicimos las fotos en el café que a mí me parecía el café de una conocida película (gracias por comprender que a veces las casualidades son planeadas). Después de merendar empezamos a sacar instantáneas que nos costaron la bronca del amo del café. Nos daba igual, sentir esa felicidad (la felicidad número 4, aquella que solo se siente con una persona en la vida, especial y fácilmente identificable) juntos era lo único que nos importaba.

Nuestras cámaras tenían veinte años; eran mayores que nosotros, y ellas, de algún modo, cuidaban de nosotros. Nos guiaban en nuestro camino, nos inspiraban grandes y pequeños paisajes antes retratados por misteriosas parejas.

Decías que un buen fotógrafo no se caracterizaba por los años de fotografía que había estudiado, sino por el amor que sentía dentro hacía lo que iba a fotografiar. Por eso odiabas los fotógrafos de bodas y bautizos. Y, a mi manera, también opinaba lo mismo. Los dos defendimos la teoría de que las cámaras son más buenas si son más antiguas. Y estábamos seguros de que si captábamos aquello por lo que sentíamos pasión, el resultado serían una fotos mágicas, con derecho a ser expuestas en los mejores museos y galerías. De ahí el nombre que le pusiste a aquella tarde.
Por eso, en la mitad de mis fotos sale Barcelona, y en la otra mitad, sales .


Apenas teníamos diecisiete años y creíamos que nos íbamos a comer el mundo. Y si bien no pudimos comérnoslo todo, al menos nos comimos una pequeña parte de él.








Esta semana en Barcelona ha sido genial. Sus calles, sus luces... Y todo el día haciendo fotos a miles de lugares.

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