sábado, 29 de enero de 2011

INSTRUCCIONS DE VIDA III

Comprar un mapa d’Europa en una botiga d’antiguitats. Estendre’l sobre la taula. Tancar els ulls. Amb el dit índex, assenyalar qualsevol part del mapa. Obrir els ulls. Preparar una motxilla amb quatre coses. Agafar la moto, preferiblement vermella. Marxar al lloc assenyalat i gaudir del viatge de la teva vida.


I hope that that place will be København...





Gràcies a la Judit per la foto.

Falten 42 dies perquè l'Albert Espinosa (alguns ja sabeu que és el meu amor platònic) tregui una nova novel·la. Senyor Espinosa, m'ha estat llegint el pensament?

viernes, 7 de enero de 2011

Una tarde haciendo fotografías.


- Barcelona es una ciudad preciosa, perfecta para hacer un reportaje fotográfico.
- No será para tanto – me decías tú.

Hasta que, juntos, lo comprobamos. Perdernos por sus callejones fue lo mejor que pudimos planear aquella tarde de setiembre. Miles y miles de fotos tiradas al aire, a la esencia, nuestra esencia. Esa esencia adolescente, despreocupada y, a la vez, tímida, quedó impregnada del aire bohemio de los barrios intelectuales de la ciudad condal. Esos barrios donde soñábamos comprarnos un pequeño piso, quizá un local, para dejar fluir nuestro precario arte y gritar al mundo que teníamos algo que mostrarle.

Recuerdo exactamente todos los trazados de nuestra ruta aquella tarde azul. Te pusiste unos pantalones verdes, tus bambas gastadas y un sombrero, que, según tu abuela, te hacía parecer un gánster. “Si es así, adoro a los gánsteres”, pensé al escucharla. Yo, con esas curiosas botas que me regalaste, que no abrigaban nada, perfectas para verano, y con la boina que fue motivo de nuestro primer encuentro. Parecíamos personas nuevas, pero en realidad éramos más clásicos que nunca.

Disparábamos sin cesar; no nos cansábamos de captar todas las perspectivas de todos los edificios de todas las calles de Barcelona. Y los parques, y las fuentes… Todo en esa ciudad parecía hecho a medida para nosotros. Nunca voy a poder olvidar, aunque quisiera, las mil y una sonrisas que me dedicaste la tarde de las fotos mágicas, como solías llamarla tiempo después. Y, la verdad es que, de una forma u otra, esas fotografías fueron las mejores que hicimos en años.
Nos recorrimos todas las calles que pudimos: todo el Born, el Gòtic, la calle Argenter, esas calles que parecían napolitanas, llenas de ropa tendida en sus balcones…

Juntos en la calle Petritxol, hicimos las fotos en el café que a mí me parecía el café de una conocida película (gracias por comprender que a veces las casualidades son planeadas). Después de merendar empezamos a sacar instantáneas que nos costaron la bronca del amo del café. Nos daba igual, sentir esa felicidad (la felicidad número 4, aquella que solo se siente con una persona en la vida, especial y fácilmente identificable) juntos era lo único que nos importaba.

Nuestras cámaras tenían veinte años; eran mayores que nosotros, y ellas, de algún modo, cuidaban de nosotros. Nos guiaban en nuestro camino, nos inspiraban grandes y pequeños paisajes antes retratados por misteriosas parejas.

Decías que un buen fotógrafo no se caracterizaba por los años de fotografía que había estudiado, sino por el amor que sentía dentro hacía lo que iba a fotografiar. Por eso odiabas los fotógrafos de bodas y bautizos. Y, a mi manera, también opinaba lo mismo. Los dos defendimos la teoría de que las cámaras son más buenas si son más antiguas. Y estábamos seguros de que si captábamos aquello por lo que sentíamos pasión, el resultado serían una fotos mágicas, con derecho a ser expuestas en los mejores museos y galerías. De ahí el nombre que le pusiste a aquella tarde.
Por eso, en la mitad de mis fotos sale Barcelona, y en la otra mitad, sales .


Apenas teníamos diecisiete años y creíamos que nos íbamos a comer el mundo. Y si bien no pudimos comérnoslo todo, al menos nos comimos una pequeña parte de él.








Esta semana en Barcelona ha sido genial. Sus calles, sus luces... Y todo el día haciendo fotos a miles de lugares.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Dicen que para que algo te vuelva a suceder, tienes que repetir exactamente lo que hiciste aquel día. Así lo hice ese verano. Repetí exactamente lo que hice el verano del 2005 para volver a encontrar esa sensación de felicidad que raras veces experimentaba. Lo copié, excepto con pequeñas, minúsculas variaciones. Quizás ese verano se me apareciera con pequeños cambios.


lunes, 13 de diciembre de 2010

Y sentir esa felicidad característica al hablar con esa persona que hace que te olvides de tus millones de problemas. Que hace que con un simple gesto, con una simple mirada, olvides que existe un mundo a tu alrededor. Que hace que pierdas la noción del tiempo, que hace que puedas hablar tres horas con él y te parezcan diez minutos. Que logra hacerte sonreír durante toda una tarde. Que hace que las distancias te parezcan absurdas. Que hace que prefieras un paisaje nevado y frío a un paisaje cálido y amable. Que hace que de ti salga todo lo bueno.

Una persona interesante, que hace que hablar tres horas del mismo tema sea un refugio en plena tempestad. Que provoca en ti el deseo de viajar con él hasta los confines del mundo. Que hace nacer en ti nuevos sentimientos y recuperar viejas sensaciones que creías que habían desaparecido dentro de ti. Esas sensaciones que creías haber soñado, pero en realidad habías vivido. Hacía tanto tiempo que no las sentías, que creías que no existían. Esa persona que hace que te pases todo un fin de semana pensando en él, desde los primeros cinco segundos al levantarte hasta los últimos cinco segundos antes de dormirte. Que hace que no pares de hacer fotos para ver si en alguna de ellas captas la esencia de su ser. Que hace que cada paisaje observado te recuerde a él, quizás sabiendo que él captaría la imagen para la eternidad. Que hace que quieras hacer mil y una cosas con él.




26.nou, Kinder.

viernes, 3 de diciembre de 2010

LOVELY.

El otro día pude presenciar una de las cosas más bonitas que a alguien le puede suceder.

Viernes por la mañana. En el instituto se celebraba la semana de la ciencia, que según mi profesor de filosofía, hasta la ciencia tiene un santo…
Yo hubiera estado contenta… si no hubiera estado en segundo de bachillerato, el curso en el cual tienes más faena que en toda tu vida junta. Así que prefería estar en casa avanzando trabajo que estar en el instituto sin hacer nada. La parte buena de la fiesta es que tenía una hora de patio, y podía charlar tranquilamente con mis amigos.
Hacía demasiado frío en aquel viernes gris de noviembre. Me quedé dentro del recinto con unas amigas, charlando sobre cómo nos había ido el examen de geografía hecho hacía pocos minutos. En las escaleras se encontraban sentados un chico y una chica que hacía pocos meses que se conocían. A simple vista, estaban hablando. Pero me detuve a observarlos. El chico le estaba cantando una canción a la chica con una guitarra.

Escena cómica, si tienes en cuenta que el chico tocaba dos acordes y se detenía, y diez segundos más tarde se disponía a tocar toda la canción, que acababa en fracaso al no tener nociones de guitarra.
Escena preciosa, si tienes en cuenta que ella sonreía, mirándole a los ojos, y pensando que ese era uno de los mejores INSTANTES de su vida. Y él se esforzaba por hacerla feliz, por hacerla SONREÍR.

Y, a mi parecer, la escena era encantadora. Encantador él. Encantadora ella. Encantadora la forma del chico para declararse. Encantadora la reacción de la chica ante la preocupación del chico.
Después de la canción, los dos empezaron a mirarse y a hablar más cerca de lo que una pareja de amigos haría. Los ojos de la chica brillaban más que el mar en verano. Se cogieron de las manos, y se hicieron una promesa, una promesa que debía durar para siempre. A continuación se besaron.

En aquel INSTANTE pensé en la suerte que ella tenía. Pensé, en mi mente adolescente, que me encantaría que un chico me tocase una canción, aunque no tuviese ni idea de tocar o de cantar. Porque lo que estaría dentro de su corazón importaría más que los hechos. Porque lo que llevaría dentro suyo sería un gran ARTISTA.
Y entonces empecé a pensar en mi chico ideal. Un artista, no importa qué arte le apasionara. Y todo lo que la palabra artista implica. Un chico sensible en los momentos oportunos, pero racional e inteligente en los instantes óptimos. Que le apasione viajar. Que le guste probar cosas nuevas. Un tipo revolucionario, que no le importe ir a contracorriente.

Y con una gran sonrisa esbozada en sus labios.

Cuando esta pareja rompa, este texto carecerá de sentido, perderá toda la magia que en un momento tuvo. Y quizás sea necesario borrarlo, hacer como si no hubiera pasado nada, y creer que todo lo que pasó fueron puras imaginaciones.

Añoraba estas reflexiones a pie de página. Estoy en la recta final de un largo y trimestre. Tengo la sensación de que llevo un año entero en el instituto cuando apenas llevo tres meses. Pero las pequeñas cosas, las pequeñas ilusiones, los pequeños sueños, las pequeñas esperanzas, las sonrisas y las carcajadas entre amigos son los que me hacen sobrevivir. Gracias a todos los que me han hecho reír este trimestre.

viernes, 26 de noviembre de 2010

INSTRUCCIONES DE VIDA (2)

I agafar una motxilla, posar-hi quatre coses, i marxar cap a qualsevol ciutat europea.

Maybe Viena.

viernes, 5 de noviembre de 2010


El típic dia d’estiu. Feia calor, i un sol espaterrant em torrava els cabells castanys. Era d’aquells dies ideals per anar a la platja. D’aquells dies que dius: “Avui em menjaré el món!”.
I acabes no fent-ho, acabes veient una pel·li de Woody Allen, de les que fan riure, de les que ell es troba angoixat, però amb la seva angoixa acaba solucionant el cas. D’aquells dies que penses: “El trobo a faltar”. Però no fas res per contactar amb ell. D’aquells dies que tens ganes de tocar la guitarra, i acabes per ignorar-la.
D’aquells dies que penses en fer un viatge que mai oblidaràs, i acabes per decidir que ja en pensaràs l’any que ve.

Aquell era un dia d’aquells. Un dia qualsevol, en que surts al carrer sense saber molt bé la teva direcció, ni la teva trajectòria, ni el sentit de les coses. Aquell dia vaig descobrir la màgia del blau. Tota la màgia que poden tenir un parell d’ulls ben oberts. Van ser dos segons d’una mirada penetrant i intensa.
Ell portava l’skate a la mà; era evident que li pesava. Les seves bambes havien recorregut milers d’històries i aventures. El seu cabell havia patit un gran nombre de modificacions, i aquell dia havia decidit no pentinar-se. El reconeixia. I tant que el reconeixia. Els amics de la infància no s’obliden mai. En aquell instant vaig recordar les mil i una aventures que havíem viscut junts: les tardes a la riera, la primera vegada que vam agafar el metro sols, els dies sencers a la platja, les hores jugant a la plaça i menjant gelats, i la promesa que quan fóssim un parell de vellets tornaríem als llocs més importants per a nosaltres.

No podia deixar escapar la ocasió, no podia oblidar l’amistat d’anys. “Tens hora?”, li vaig preguntar. Ell va observar que jo portava un rellotge al canell. Quan se li va esbossar un gran somriure sota el seu nas, em vaig adonar que ell també m’havia reconegut.



Text escrit amb la influència de Coldplay, no podia faltar.

Història fictícia a partir d’un cas real que em va passar. Per petició d’una de les meves seguidores, avui en "llemosí". (B.C. Aribau).
:)